
Te deseo toda la felicidad del mundo en este día tan especial. Todos y cada uno de los años que has ido cumpliendo (que son muy poquitos) te sientan muy bien.
Anoche salí para intentar traerte un presente único e irrepetible, pero no se dio bien; me temblaba en exceso el pulso (ya sabes que disparo sin flash), mi cerebro estaba vacío (bueno, no es cierto; vacío de ideas creativas) y mi mirada tras el visor era torpe y lenta. Había miles de personas, pero tan sólo un vendedor ambulante se dirigió a mí (aún no sé por qué) Al menos me dio un rato de agradable charla mientras esperaba a la procesión de la Santísima Virgen de la Piedad. Me contó que él era feriante, pero que con la crisis se tenía que dedicar a eso; que pertenecía a los Hermanos Tortosa, que montaban atracciones en el paseo del muelle. A pesar de todo, parecía muy feliz. Antes de perderse entre la multitud con su carrito bien pertrechado, me regaló una bolsa de pipas, un botellín de agua, un apretón de manos y una sonrisa franca. Esto me hizo sentir en paz, después de todo un día de tensión muda. Tal vez él necesitaba hablar, y yo también. Fue unos minutos después cuando apareció, como caído del cielo, envuelto en luces y sombras este instante que te traigo como regalo.
No es necesario que lo pongas en agua; al igual que el incandescente brillo de tus pupilas, que no es mas que una incontenible fuga de la belleza de tu alma, no ha de marchitar jamás.
Un beso,
Jose
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